Durante las vacaciones del pasado mes de agosto, acepté una invitación que llevaba tiempo esperando: pasar unos días en la casa de mi amiga Noe en Fuengirola. Noe, que se había divorciado hacía un par de años, había encontrado el amor de nuevo durante unas vacaciones en Málaga. Su nuevo marido, Alessandro, era un italiano de unos 50 años, también divorciado y padre de dos hijas. Noe siempre hablaba maravillas de él: un empresario exitoso en la industria del diseño de interiores, culto, romántico y muy generoso. Vivía en Bolonia, pero su amor por la costa malagueña lo llevó a comprar una casa en Fuengirola, donde pasaba largas temporadas con Noe. Se conocieron en un chiringuito al atardecer, y según ella, fue amor a primera vista. Este año, se casaron en una ceremonia íntima en Bolonia, y ahora dividían su vida entre Italia y la soleada Málaga.