Sin anestesia: Las peticiones que me partieron en dos

A menudo me preguntan de dónde saco la inspiración para mis novelas. Muchos creen que todo es producto de una imaginación febril frente a la pantalla de mi portátil, pero la realidad es mucho más descarnada.

 

Me cansa la erótica de pétalos de rosa y susurros al oído. A veces, la verdadera excitación no tiene nada de poética; tiene olor a sexo sudado y el sonido de una orden soltada con la boca llena de hambre. En mi blog suelo ser sutil, pero hoy quiero hablar de esas peticiones que me dieron una bofetada de realidad. Esas que me dejaron la garganta seca, las piernas temblando y las bragas mojadas. Lo malo es que a veces solo funcionan una vez.

 

Esas primeras experiencias

 

Recuerdo, siendo muy joven, la primera vez que un hombre me habló sin rodeos. No me pidió «hacer el amor», como por entonces me susurraba mi novio. Él me miró a los ojos y me soltó un «ponte a cuatro y cállate». Así, sin anestesia. En otro momento habría sido un insulto, pero en ese contexto, fue el detonante de algo animal. Hay una vibración distinta cuando un hombre deja de intentar ser un caballero y te dice exactamente la guarrada que quiere hacer con cada centímetro de tu cuerpo.

La sorpresa de lo explícito

 

Escribir sobre lo soez es fácil; vivirlo y que te encienda es una lotería. He tenido hombres frente a mí que han intentado usar las palabras más crudas y lo único que han conseguido es que mire el reloj preguntándome cuánto falta para que se vayan. Porque para que yo desee que me hagan lo que ellos ansían, tiene que haber una frecuencia compartida, un hilo invisible que me diga que ese hombre tiene el derecho de bajarme al barro.

 

Lo que más asusta (y me gusta) no es la petición de ellos, sino el eco que hace en mí. Descubrir que mi deseo tiene un sótano frío y sucio fue una revelación. Hay algo jodidamente eléctrico en que te traten con una falta total de delicadeza... cuando es la persona indicada.

  • El momento justo: He aceptado que me escupan palabras que en la calle me harían cruzarle la cara a alguien, solo porque en ese momento, en esa cama, mi cuerpo pedía ser degradado.

  • La crudeza que humilla: No es una humillación real, es un juego de espejos. Cuando me piden que me olvide de quién soy y me entregue a su hambre más básica, no estoy perdiendo el poder; estoy eligiendo regalarlo. Y eso es lo más adictivo del mundo.

El error del aficionado

 

Muchos hombres creen que basta con ser soez y agresivo para excitar a una mujer como yo. Error. No es cuestión de repetir escenas de una película porno que vieron anoche. Si no hay una chispa de peligro real, si no siento que ese hombre es capaz de sostener la mirada mientras me dice la guarrada más grande de su vida, la magia se rompe.

El sexo crudo es como un cuchillo afilado: si no sabes manejarlo, solo haces el ridículo o cortas donde no debes. Pero cuando la mano que lo empuña es la correcta... entonces, y solo entonces, todo fluye.

 

Al final, escribir erotismo es fácil. Lo difícil, lo verdaderamente valiente, es reconocer que nos encanta que nos pierdan el respeto en la cama, que nos digan lo que nos van a hacer con palabras que no usaríamos en una cena, y que esa suciedad es, paradójicamente, lo más puro que tenemos.

 

El hombre que quería que desapareciera

 

A veces, la petición más excitante es la que te despoja de tu identidad. Recuerdo a uno que no quería «compartir» nada conmigo. Decía que lo intimidaba demasiado. Me pidió que me quedara quieta, de espaldas, sin mirarlo, mientras él se servía de mí como si yo fuera un trozo de carne puesto ahí solo para su desahogo. Me dijo: «No me hables, no me mires, solo quédate ahí y deja que te use». Esa crudeza, ese desprecio momentáneo por mi feminidad en favor de su instinto más básico, me generó un cortocircuito de placer que me costó procesar. Fue un choque de poder en su estado más primitivo.

El lenguaje de la humillación buscada

 

Hay una frontera muy fina entre lo soez y lo erótico, y se cruza cuando las palabras te manchan. En una ocasión, alguien que parecía el hombre más civilizado del mundo me pidió que le describiera, con los términos más vulgares y asquerosos que conociera, lo que estaba sintiendo mientras me penetraba. Quería que le contara mis secretos más íntimos. Las cosas más sucias que deseaba que me hicieran. Me obligó a sacar la basura de mi vocabulario, a decir las palabras que normalmente se quedan atrapadas en la garganta. Escuchar mi propia voz diciendo guarradas que nunca escribiría en un libro mientras él me embestía con rabia, convirtió la habitación en un escenario de depravación absoluta.

La obsesión por el detalle «sucio»

 

Hay hombres que no se conforman con el acto; necesitan la evidencia. Recuerdo cuando uno de mis primeros «novios» me entregó en un trío a dos de sus amigos. Yo tendría unos veinte en esa época. Después de haber terminado, mi chico, que solo había estado observando, me pidió que me quedara exactamente como estaba: manchada, deshecha y abierta, para poder simplemente mirarme mientras se fumaba un cigarrillo y tomaba una copa con sus dos amigos. Me dijo: —No te limpies, quiero olerte desde aquí—. Esa petición de regodearse en el rastro físico del sexo y en el olor a fluido y esfuerzo fue de una crudeza que me hizo vibrar. Fue como si me pidiera que aceptara mi parte más animal y me sintiera orgullosa de ella.

La invasión de la privacidad

 

Otra experiencia que me voló la cabeza. Fue la primera vez que me toqué para alguien por teléfono. Yo vivía aún en casa de mis padres, y recuerdo que me escondía debajo de las mantas para evitar que pudieran escucharme desde su habitación. «No quiero que me hables, quiero oír cómo te tocas hasta que no puedas más, quiero oír cómo te rompes. Haz que sienta tu placer». La vulnerabilidad de dejar que alguien escuche tus sonidos más privados, esos que no controlas, los gemidos guturales que salen cuando no hay nadie mirando, fue una forma de exhibicionismo sonoro que me excitó más que cualquier caricia física. Me hizo sentir expuesta, casi violada en mi intimidad, y esa fue precisamente la chispa.

 

A lo largo de los años, he aprendido que mi pluma se alimenta de esos momentos en los que el decoro salta por la ventana. No me avergüenza decir que hay belleza en lo crudo, ni que hay una libertad absoluta en dejarse tratar como un objeto cuando tú eres la dueña del tablero.

 

Al final, mi sótano oscuro sigue ahí, esperando la voz adecuada o la orden precisa que lo haga temblar de nuevo. Porque la erótica no es solo lo que imagino frente a la pantalla; es la marca que dejan las palabras sucias en mi piel cuando las luces se apagan y la educación se olvida.

Besitos

Deva Nandiny